Sara María de los Ángeles

Fue allá donde los columpios silbaron,

cuando marzo sentenció a mis zapatos

a buscar sin ruido el amor, o quizá Dios.

Dios fue la eterna espiral del caracol,

juré haberlo visto y me abandonó:

no volví a imaginar su voz.

Buen día el polvo se levantó de las aceras

y se me incrustó en el corazón;

pobre corazón sucio, soñó con una falsa deidad

y le rezó con ardiente fervor.

He llenado los autobuses de magnolias,

fui la mosca de los sapos más bellos,

me sudan los dientes de hablarte en Sueños,

decapité por Ti a los amantes de esta ciudad, Señor.

Nunca sabré si encontré la gloria,

pero los pájaros vespertinos en el crepúsculo

desempolvaron mi cuerpo de aquel dolor.

Mi nombre figuraba en el ayuntamiento y en los obituarios,

Sara María de los Ángeles: la mataron por Dios,

y a la mañana siguiente desapareció mi velo rojo

  porque el cielo con él entero se cubrió;

ahora el océano lleva mi nombre, mi sangre,

mis zapatos y una Voz hundida,

que desde la profundidad sentencia:

Yo no existo,

ya no existo sino para morir por ti, Amor.

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Aeternos esse nos credimus

“Cotidie murimur, cotidie conmutatur et tamen aeternos esse nos credimus”

No mueren, se pudren las rosas
enternecidas tras los largos pasillos,
anémonas, barriadas azules,los rastrojos
del árido otoño las atrapan delicadamente.
Después luz y silencio fueron
estruendo,carcajada forzosa,
llanto de sirena y quizá tu voz.
El claustro de los más muertos
quedó paralizado y todos callaron
su nardo en flor por un luto
eterno; vomité dulzura
en tu boca sepultada,
era yo aquel ángel de piedra
al que el mundo dejó atrás.
Como una lombriz ciega de oscuridad
que se devora a sí misma,
me cubrí de tierra y renegué del odio
y las erinias,fueron amansadas
aquellas tristes bestias
que supuraban salvajismo y se quedaron
relegadas a un perfumado,
sediento dolor.
Se pudren, no se mueren las manzanas
de exquisita ambrosía
tras la soñada Arcadia, la playa dorada,
el altar abandonado,
los resguardos de lo pasado
cultivarán su semilla.
Después la cálida sombra del manzano
dará otra luz y otro silencio,
y este idilio se quedará dormido
como un dulce niño al que nunca
sumergiré en el Leteo.