Desentiérreme.

Pues verá: a veces quiero volver a la ciudad; a veces cuando mis manos se hielan y me encuentro al temible monstruo de la cueva que carga con mi identidad sollozando y a un montón de rostros desconocidos que parecen reír de forma monótoma, como un lunes por la mañana lleno de café, de prisas, de malas noticias, pienso en regresar de forma ávida y constante. Como un latir o un tic tac. Sé que he estado buscando algún ápice de alguien que nunca fui en estas habitaciones mientras me dedico a escuchar a un hombre, a idolatrar su firma, a esperarlo en casa sin previo aviso y a concebirlo como un padre que sé que no es el mío; papá no me oye supurar desde aquí la herida rebosante de abandono.
Pero cómo voy a mantener la compostura que se me demanda si quiero retorcerme hasta sangrar y poder clamar alto esto es mi ambrosía, mi elixir; esta sangre me pertenece y derramarla es mi manifiesto.
 Pero entiéndame, nunca supe perder. Nunca he tenido -no me educaron para eso-. Pero sí he sabido volatilizarme con la inercia de un millón rascacielos demoliéndose a cámara lenta ante mí, como si aquella fuerza fuera un arbitrario espectro que sólo deja mostrarse a mis ojos y grita silencio y arrasa con la característica belleza de la calma y debo simular que cuando se me cierran los párpados sólo veo oscuridad; que siento pinchazos, que veo cristales rotos por todo el suelo y por los jardines y por los viejos parques y he llegado al mundo desnuda con una piel de muñequita con la boca cosida que ha soportado bajo las uñas alfileres y cuchillas de plata y ningún torniquete de lana pudo refrenar la desgracia.
Y entonces -usted, dígame, le ruego-, qué podría ocultar esta boca, qué morboso secreto podría refugiarse en mis labios o qué arma letal podría suponer mi lengua si la vida ni siquiera me concedió el privilegio de pecar aunque haya oído siempre que nací con el pecado concebido; si nunca tuve la oportunidad de arrancar las cortinas de un bocado -sólo dígame por qué la boquita cosida de comisura a comisura-.
Y dónde quedan entonces las memorias, qué grandiosa metáfora se supone que debería salvarme del hastío, dónde se sitúa la coordenada exacta del océano que alimenta al más puro aliento de la muerte como si de un gorrión tratase. 
Dónde me perdí y si así es, dónde he estado todo este tiempo si no es en estas habitaciones junto a cientos de carcajadas en repetición y un puñado de divas sin sus plumas y polvos y luces, y un hombre a mis espaldas que nunca sabrá que cargo con sus apellidos en mi estómago vencido por estupefacientes de algodón, y cómo explicarle sin armas, intentando alcanzar el tono de voz más agudo para poder decirle sin perder el hilo de voz que me despierto procurando no chillar de un sueño del que no recuerdo ningún nombre pero sé que no estaba el mío; que creo firmemente que este no es mi sitio, que cómo podría yo curar este espanto que me petrifica ante tantas muertes silenciosas.
 Le juraría que me estoy deshaciendo en la orilla y tanta sed y tanta sequía acabarán conmigo, seguramente postrada en la camilla más triste que esté pagando mientras todos mirarán impasibles y se quedarán ahí pasmados -mientras sueltan un vano comentario sobre la pena- observando con cierto afán cómo se nublan mis facciones y cómo se ensucia el cielo.
Ésta no es la vida de sakuras y álamos y playas que me prometieron, pues sólo quedan en mi cabeza mil lagunas, y dentro, muy hondo, muchas canciones relentizadas que ahora se me hacen polvo de estrella en las manos.
Entonces de qué me sirve.
 De qué me sirvo si le repito que se me hielan las manos buscando la ciudad que se vierte inexorable en el olvido.
Y para qué me sirve ya el tacto si gasté la piel como unos neumáticos intentando arrancar en un terreno de nieve ácida y espesa, si esa piel no era amada y nunca habría conocido el arte o la caricia; si supiera, mi alma en alguna parte, allá donde esté, que no valen nada las palabras más hermosas -ni siquiera éstas- si no es ella quien las dicta porque ella tiene un propósito y es terrible de honesta.
Porque moriré con la rara sensación de que mi tierra existe y mi tierra brilla y me ha estado reclamando como suya, y que a lo mejor podría haber sido en ella transparente y ligera y ave o quién sabe. -Escuche atentamente- si nunca la hallo, si nunca escapo y fallezco en el intento: desentiérreme. Desentiérreme y hágale saber que fui devastada por el mismo acto que dio lugar a mi existencia: unas patadas forzosas reclamando salir de un espacio que ya no podía contenerme por mucho más tiempo. 
Las mismas que hoy gritan no. y mañana, mañana yo no sé.

Ruby.

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